LA CULTURA MODERNA Y LA CULTURA POS MODERNA
LA CULTURA MODERNA
La modernidad hizo que el ser humano se creyera autónomo e independiente rompiendo los mitos para entender los misterios de la naturaleza. Se confiaba en que la ciencia solucionaba todos los problemas del hombre y acabaría con la ignorancia y servidumbre de los pueblos.
El hombre moderno tiene fe en conceptos como la libertad, la ciencia, el progreso y la historia, porque en definitiva, tiene fe en el propio ser humano.
La revolución Francesa reclama la libertad para los individuos, el marxismo reclama la libertad para los obreros y por último el feminismo reclama para la mujer.
El espíritu que caracteriza al siglo XVIII es el de la libertad. Es el deseo de libertad el que empuja al hombre moderno a su madurez, abandonando los tutores de la humanidad para pensar por sí sola, sin más ayuda que la propia razón.
Lutero y los reformadores harán que la fe religiosa se vuelva más reflexiva. El creyente es libre ahora para leer la Escritura revelada y mantener su propia interpretación del texto frente a la antigua autoridad de la tradición y del magisterio eclesial. Los conceptos morales durante la Edad Moderna se fundamentarán también sobre la libertad subjetiva de los individuos. Cada persona tendrá derecho a considerar libremente su modo de actuar, sin intervenir injustamente en el de los demás. La ética basada en el mandamiento divino y contenido en la Biblia perderá credibilidad para cedérsela a la voluntad de ese ser que se considera, así mismo, como medida de todo.
Fe en la ciencia: Durante los siglos XVI y XVII los estudios sobre física y astronomía, en Europa provocaron la llamada Revolución científica.
La teología será destronada de su pedestal medieval, dejará de ser la reina de las ciencias y la única autoridad competente. En adelante el estudio científico será una buena forma de adquirir conocimiento verdadero. El ser humano a dejado de ser un simple espectador para transformarse en un activo operador. Los misterios naturales pueden ser desvelados por el hombre con paciencia y método. Esto no significa que en el nacimiento de la Revolución científica, exista una rivalidad entre fe cristiana y razón. Más bien todo lo contrario está glorificando la sabiduría del Dios creador. El estudio de la naturaleza era complementario al estudio de la Biblia. De modo que la fe cristiana influye decisivamente en el nacimiento de la Revolución científica. La investigación del mundo natural no surge como simple curiosidad humana sino como una auténtica obligación religiosa. Si Dios había creado la naturaleza y al ser humano formando parte de ella, era del todo lógico que el estudio de la misma, por parte del hombre, fuese de su divino agrado.
El método de la nueva ciencia se basaría en la inducción y el experimento. Cada uno de ellos propuesto y defendido por dos grandes pensadores: Bacón y Galileo.
Francis Bacón era una persona profundamente religiosa. Estaba convencido de que la ciencia debía devolver al ser humano al paraíso perdido. Si por culpa del pecado original la primera pareja fue expulsada del Edén, perdiendo con ello el control de la naturaleza, gracias al humilde trabajo científico el hombre podría de nuevo recuperar ese dominio. Esa concepción teológica de la labor científica influiría decisivamente en muchos otros investigadores de su época.
Galileo al afirmar que la tierra giraba alrededor del sol, enfrento la teoría geocéntrica de Aristóteles que era la que defendía la iglesia católica razón por la cual fue juzgado por la inquisición y se le obliga a abjurar de su creencia por ser ésta contraria a lo que se suponía que decía la Biblia.
La revolución científica nos plantea una cuestión casi inevitable. ¿Por qué había tantos creyentes? ¿Tuvo algo que ver la reforma protestante?
No hay que caer en el error de pensar que la ciencia europea progreso exclusivamente gracias a la reforma. Hubo seguramente muchos otros factores sociales, políticos y económicos que también influyeron.
Las enseñanzas bíblicas, que los reformadores esparcieron por el norte y centro de Europa, fomentaron la responsabilidad individual frente al trabajo, el deber de utilizar las facultades personales y la convicción de que el estudio de la naturaleza glorificaba al creador. Tres fundamentos positivos para sustentar cualquier empresa revolucionaria.
El creciente prestigio que fue adquiriendo la ciencia, durante los siglos XVIII, XIX y principios del XX, originó un descredito de las cuestiones metafísicas. Si solo lo comparable era verdadero ¿Qué podía pensarse acerca de Dios?
El cientifismo positivista venía a decir que “solo lo científico es lo racional, pues solo la ciencia produce verdad; toda realidad es afín de cuentas, realidad física”. Pero ¿es esto cierto?, ¿es verdad que solo hay realidad física? Prestigiosos científicos de nuestros días responden a esta pregunta con un rotundo “no”.
De lo que si podemos estar seguros es de que ciertas realidades, precisamente las que dan sentido a la vida humana, no pueden ser explicadas por el método científico. Los argumentos científicos siguen sustentándose, muchas veces, sobre los pilares de la creencia individual. Hoy como ayer detrás de las razones se encuentran las convicciones.
Fe en el progreso: Los adelantos científicos despertaron durante la modernidad la fe en el progreso. Se tenía la seguridad de que la humanidad estaba casi predestinada al progreso, de que era inevitable que así sucediera. La idea del progreso se convirtió en un artículo de fe para la humanidad.
Era evidente que el conocimiento sobre el mundo natural proporcionaba al hombre más poder y este poder constituyo un abono que hizo prosperar esta fe ciega en el progreso indefinido de la humanidad.
Fe en la historia: En el modernismo el pasado sigue siendo importante pero es superado por el presente y, sobretodo, por el futuro. En ningún otro momento de la historia el ser humano ha atenido tantas ansias de autorrealización como en la modernidad. Se concibe que lo que cada persona puede llegar a ser no viene condicionado por su pasado, ni por su origen genético, étnico o social; sino por la voluntad, el esfuerzo y el autor superación personal.
Por eso espera más del futuro que del pasado. Es la confianza en que el progreso científico y filosófico de la humanidad dará sentido a su historia. El futuro es primordial porque el hombre es un proyecto inacabado. El porvenir es fundamental porque permite la autorrealización personal.
Se produce un alejamiento de la religiosidad. El hombre cree que puede caminar sin necesidad de creencias religiosas. La modernidad aleja a Dios cambiando lo por un abstracto ideal de libertad.
Fe en el ser humano: La modernidad se caracteriza por su confianza en el ser humano y en las metas que este pueda llegar a conseguir si se le educa adecuadamente en el respeto a la igualdad de todos los hombres. Es un inmenso acto de fe en el hombre.
Fe en Dios: No se puede pasar por alto la influencia que la Reforma protestante va a tener en las ideas religiosas de la modernidad. Gracias a Lutero se creara una nueva en el corazón de la vieja Europa y se romperá con la antigua teología medieval. La Reforma propone volver a los orígenes del cristianismo y se refiere a las Escrituras como la única norma que debe estar al alcance de todo el mundo. El hombre es justificado ante Dios por la “sola fe”. No hay más que un mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo. Ningún sacerdote humano puede atribuirse tal función.
La cultura postmoderna: La humanidad ha asistido durante los últimos cincuenta años a la pérdida paulatina de todo tipo de fe. La modernidad como fenómeno social mayoritario dejó de motivar al mundo.
La ciencia gestada en la época moderna ha beneficiado al mundo pero también le trajo desgracias como el holocausto judío hasta las tragedias de la segunda guerra mundial de Hiroshima y Nagasaki.
El mundo a pesar de su obstinada persecución del bienestar, está siendo corroído desde dentro por la carcoma del sinsentido y del aburrimiento. Se vive hoy en un vagabundeo incierto de tendencias y costumbres. No se tienen las ideas claras acerca del rumbo a seguir. Los grandes ideales se han perdido pero a nadie parece importarle.
Muerte de los ideales: El individuo postmoderno, quizá por culpa de la avalancha informativa que debe soportar diariamente, sea transformado en un vagabundo de las ideas. No suele aferrarse sinceramente a nada. Carece de certezas absolutas. No parece sorprenderse por casi nada y, desde luego nada le quita el sueño. Hasta la filosofía ha abandonado las grandes cuestiones para seguir el camino del pensamiento débil. Estamos en tiempos de “terminador cibernéticos” y “vagabundos sin techo”. Es la época de los contrastes y de la realidad.
Estamos asistiendo, en la sociedad al desprestigio de las instituciones políticas. Se dice que la democracia está enferma y que la apatía es su virus transmisor. Cada vez existe mayor distancia entre el ciudadano que vota y la organización o partido votado.
Al perder los ideales se ha perdido también la con fianza en un futuro mejor y esto puede resultar trágicamente peligroso porque una democracia sin ilusiones puede abrir la puerta a cualquier fenómeno totalitario, incluso a través de los caminos aparentemente más democráticos.
El estado de pasividad característica del ser humano contemporáneo se procura camuflar con el disfraz incesante del activismo. Se viaja velozmente a todas partes. Pero en realidad se trata de una rapidez sin sentido. Es un movimiento que produce inmovilidad. Es un oscilar vertiginoso en torno al vacío. El postmodernismo manifiesta una avidez casi insaciable de velocidad, de espacio y de tiempo; pero paradójicamente, este consumo acelerado no se traduce en un enriquecimiento de su persona. No llega a producir una verdadera experiencia que podría transformar y mejorar al ser humano.
Auge del sentimiento: Si la modernidad se caracterizó por su reverencia ante la poderosa razón, la postmodernidad gritará todo lo contrario. ¡Muera la razón, viva el sentimiento!. El individuo contemporáneo, se ha convertido en sentimental que valora las emociones personales por encima de la razón.
Kundera resalta lo que denomina el nacimiento del Homo sentimentales y afirma que “el Homus sentimentales no puede ser definido como un hombre que siente sino como un hombre que ha hecho un valor del sentimiento”. Esto es precisamente lo que ocurre hoy. El sentimiento se ha revalorizado y la razón devaluado.
Crisis de la ética: Asistimos en nuestro tiempo, a lo que se ha llamado “muerte de la ética”. Esta época postmoderna, con la ausencia de reglas la ha matado. La filosofía del “todo vale” ha acabado con ella. Ahora la estética sustituirá a la ética y la belleza hará lo propio con la moral. Hoy el principio ético que goza de mayor aceptación es el de “vale lo que me agrada, no me vale lo que no me agrada” y “siempre puedo hacer lo que quiera”. Esta manera de pensar cala en el hombre postmoderno.
Es la negación rotunda de toda ley, norma o doctrina que atenta contra la felicidad personal. Pero ¿y si la moral protesta? Pues sencillamente, se cierran los ojos para no verla. Lo que determina la moralidad son las preferencias y los sentimientos del Yo. Las acciones están bien, o están mal, en función de la felicidad o el placer que producen. Por eso ya no se habla de lo que está bien sino de lo que da placer. Vivimos en la época del autoservicio y la diversidad, los centros comerciales vienen a sustituir así las antiguas iglesias de la modernidad. Es la religión del consumo que promete la felicidad inmediata. Solo hay que comprar. Característica contemporánea que se convierte en el goce que producen los bienes materiales.
Las consecuencias de tal comportamiento son el desequilibrio de todo intento de economía doméstica saneada, los sueldos casi ni alcanzan para el fin del mes.
Por otro lado, en otras épocas la idea de morir era más real y estaba más presente en las personas que en la actualidad. En la sociedad del bienestar no tiene cabida la muerte. La muerte es el gran fracaso del hombre postmoderno, nuestros contemporáneos viven como si no tuvieran que morir nunca, impide que vivamos de una manera verdaderamente humana. El futuro no existe y el pasado es mejor olvidarlo. Tal actitud, aunque parezca despreciativo reconocerlo se aproxima bastante al comportamiento de los animales.
Se acentúa el individualismo contemporáneo, el hedonismo tiende a destruir lo social al promover el aislamiento. Hoy cada uno busca su propio bienestar sin pensar demasiado en el de los demás. Los aspectos psicológicos prevalecen sobre los ideológicos, los programas televisivos que desvelan y convierten la intimidad de las personas en el principal entretenimiento de la población.
En la ética hedonista postmoderna lo masculino y femenino se mezclan, se admiten todas las sexualidades o casi y forman combinaciones inéditas. El resultado final es hacer idéntico lo que era diferente.
El largo proceso de conversión al hedonismo del consumo culmina hoy en la idolatría de los valores juveniles. El burgués ha muerto viva el adolescente! El primero sacrificaba el placer de vivir a la acumulación de las riquezas…el segundo quiere, ante todo, divertirse, relajarse, escapar de los rigores de la escuela por la vía del ocio. Hay que parecer joven física y espiritualmente.
Donde más evidente resulta el choque entre las dos éticas, la moderna y la postmoderna, es en la escuela actual. La modernidad veía la ignorancia como el oscuro impedimento que mediaba entre un hombre y una persona. En la postmodernidad las cosas no se ven así. La libertad y la cultura no derivan de la austeridad o del esfuerzo personal, sino de la satisfacción inmediata de las necesidades.
Crecimiento del Narcisismo: La literatura especializada atribuye al hombre postmoderno, el hedonismo y el individualismo. Falta todavía analizar una tercera: El narcisismo. El individuo narcisista es el paulatinamente te va desligando de la sociedad en la que vive por medio de fantasías personales de grandeza. A la vez que idealiza su persona, menosprecia a los que les rodean, las relaciones con los demás se han vuelto interesadas. Mucha palabrería y poca sustancia, gran apariencia externa pero, por dentro, el vacío más desolador. E s la ética del vivir para sí mismo. La obsesión exacerbada del culto al ego. Primero yo, después yo y luego yo.
Esta manera de entender la vida humana, dando prioridad absoluta a lo propio, lo inmediato y cotidiano, repercute negativamente sobre la creencia en el más allá. No puede haber una filosofía de la vida más opuesta a la moral cristiana que la del narcisismo ¿Cómo amar al prójimo cuando el amor se agota en uno mismo? ¿Cómo preocuparse por los otros cuando el interés del Yo acapara todo el tiempo?
El humano necesitado ha dejado de ser persona afín. Ya no se mira como a un igual, la igualdad da paso a la diferencia. El mandamiento bíblico de amaras a tu prójimo como a ti mismos se convierte hoy en amate a ti mismo y olvídate de tu prójimo.
Esta veneración por el Yo se evidencia actualmente en la obsesión generalizada por la salud, por guardar la línea, la dieta adecuada a cada edad, la eliminación de las arrugas, los chequeos médicos, el deporte o los masaje. El cuerpo ha asesinado al espíritu como Caín hizo con su hermano Abel.
El gusto por lo transexual. Vivimos en un mundo egoísta en el que las relaciones entre los seres humanos se han vuelto tremendamente interesadas, sacando el máximo de provecho por lo que se puede obtener de ellas, las relaciones humanas se transforman en relaciones de posesión y dominio. Los superiores abusan de sus subordinados mientras que halagan a los que están por encima de ellos, tales relaciones narcisistas crean repercusiones sobre la relación entre los sexos.
Bajo la influencia del neofeminismo, las relaciones entre el hombre y la mujer se han deteriorado considerablemente, se han convertido en una guerra sexual, la batalla entre lo masculino y lo femenino. El amor entre el hombre y la mujer se ha convertido en uno de los mitos de nuestro tiempo. Lo importante para el individuo postmoderno es no sufrir. Que nada nos quite el sueño, ni siquiera el amor. Tampoco del amor se puede fiar en adelante será mejor calcular bien los deseos. El sexo postmoderno no quiere bodas.
Baudrillard señala la transexualidad como el principal exponente de este juego de la indiferencia sexual. El cambio de sexo o de vestimenta propio de los travestis, sería el indicativo de lo que está ocurriendo en la sociedad actual. Ya no existen convicciones religiosas, éticas o sexuales. Se perdió la identidad. Lo importante hoy no es ser sino parecer.
Sin embargo la cristiandad debe continuar confiando en el Señor de la historia. Tiene que levantar la voz de la cordura por encima de la del narcisismo humano. Convencer de que los gustos divinos siempre serán mejores que los humanos.
Dios prefiere la diversidad mientras que el hombre postmoderno propone la uniformidad. Dios creó los sexos para que se comprendieran y llegaran a ser “dos en una carne”, no para desatar absurdas y pueriles batallas campales. Hoy se ignora a los demás porque, para muchos, Dios está muerto. Pero, resulta que, Dios no puede morir. El origen de la vida y de toda existencia no puede dejar de ser lo que es. El hombre proporciona rutina, regularidad, homogeneidad y hastío; pero Dios origina variedad, complejidad y sentido.
Fracaso del desarrollo personal: La monótona existencia cotidiana se hace soportable por la continua referencia a las celebridades. El culto a las estrellas es la fe suprema y la fuerza para vivir de miles de jóvenes occidentales. No obstante, los ídolos se derrumban porque tienen los pies de barro. La vida de muchas personas se convierte en un rastreo interminable de ídolos.
Cuando lo que realmente interesa es la realización y el desarrollo placentero de uno mismo, no queda más remedio que apartarse de los demás. A través de los walkman se creado una generación de sordos; jóvenes que han perdido hasta el 50% de su capacidad auditiva. El narciso postmoderno, necesita además de contemplar su propia imagen, escuchar también sus particulares sonidos.
La principal paradoja de las relaciones interpersonales, que se ha visto incrementada en nuestro tiempo es que todo el mundo está dispuesto a contar su vida a los demás, pero casi nadie quiere escuchar los problemas del prójimo. Lo trágico de esta época es que la gente no sabe escuchar, generándose un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida, una incapacidad para sentir las cosas y los seres.
Ahora que lo tenemos todo descubrimos que no nos sirve de nada. El narcisismo conduce, inevitablemente, al vacío espiritual y a la soledad merecida. La soledad es una consecuencia directa del fracaso de los sentimientos.
La sociedad postmoderna, al acentuar el individualismo, ha multiplicado las tendencias a la autodestrucción, la era narcisista es más suicidó gena aún que la era autoritaria.
El egoísmo en que vivimos los ciudadanos del mundo occidental contribuye a crear personas cada día más frágiles y seres incapaces de enfrentar la realidad. El individuo postmoderno intenta matarse sin querer morir.
La presencia de la violencia en el mundo contemporáneo es una realidad fácilmente constatable. El mundo no puede cambiar, para bien, en tanto los individuos no se transformen por dentro.
Las fracturas de la moda: Hoy, el hombre y la mujer postmodernos cambian la orientación de su pensamiento como se cambia de casa, de coche o de trabajo.
La moda ha calado en todos los rincones de la sociedad contemporánea, influenciando en las costumbres de los pueblos. Ha modificado los modos de vida habituales. El tipo de alimentación que se consume, la forma de hacer ejercicio físico, los deportes, las creencias políticas y religiosas, los gustos, las preferencias y el comportamiento de los individuos. Vivimos en la sociedad de la imitación, se imita como acto reflejo, somos, a veces, como autómatas en el mundeo de la seducción. Es como si el postmodernismo encontrara en las novedades su salvación personal. La moda se transforma así en el enterrador de la fraternidad porque genera rivalidad, tensiones emocionales y, a la larga un profundo sentimiento de fracaso y frustración.
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